domingo, 26 de febrero de 2012

Reflexiones sobre diseño IV: Visión optimista

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Toda mi vida he tenido cierta obsesión malsana con los videojuegos (aquel que me conozca podrá dar fe), pero últimamente se está acentuando (aquel que me conozca podrá dar fe). No es de extrañar, ya que le dedico muchísimo tiempo: leo sobre desarrollo de videojuegos a diario, mi cabeza pasa gran parte del día imaginando nuevos juegos, y desde hace poco, incluso trabajo para una empresa que hace videojuegos. Todo el día con lo mismo. Es tal ésta obsesión que cuando me reúno con mis amigos, tiendo a llevar la conversación hacia los videojuegos inconscientemente (a veces no muy inconscientemente). Es lo que sucede cuando hay algo que cobra mucha importancia en tu vida (otros hablan sobre sus hijos, pero ¿a quién le importan? ¡Los videojuegos molan más!). 

Hablando con un primo mío el otro día, se terminó de iluminar en mí esta idea que he compartido otras veces pero que ahora tengo más clara. Mi primo es una de esas personas con una pasión comercial innata, que ya quisiéramos muchos. Los dos compartimos cierta ambición por dedicarnos a lo que nos gusta, sin jefes ni ataduras, pero él lo ha conseguido. Ya muy pequeño hacía calderilla trapicheando con cromos, y coleccionando todo lo que se puede coleccionar y tras estudiar dos carreras y un máster sigue igual, sólo que ha cambiado los trapicheos por su propio negocio basado en su coleccionismo, con el que le va muy bien.

La conversación trataba sobre el cierre de Megaupload, y yo hablaba sobre cómo emule seguiría existiendo al ser un proyecto de código abierto sin ánimo de lucro, a lo que mi primo con su visión del mundo, comentó lo difícil que le resultaría poder vivir sabiendo que millones de personas usan algo que él ha creado con tanto esfuerzo, pero por lo que no recibe ni un duro "¡Si cobrase por ello sería rico!".

Razón no le falta, pero la recompensa al esfuerzo no tiene porqué ser monetaria. Por ejemplo, llegamos a casa de un amigo y nos muestra con orgullo un barco metido en una botella. Seguramente pensaremos: "Un barco en una botella, ¿y qué?". Pero pensaremos eso sin apreciar el esfuerzo que ha realizado nuestro amigo ensamblando cada pequeña pieza que le da forma al barco, ni la técnica que ha sido necesaria para introducirlo en una botella en la que apenas cabe. No podemos valorar el sudor derrochado (personalmente, no tengo ni la más remota idea sobre barcos embotellados). Podemos pensar entonces, "Y tanto esfuerzo para nada", pues ¿qué ha conseguido nuestro amigo? ¿cuánto vale ese barco? En comparación con el sacrificio seguro que no sale rentable. Pero en realidad a nuestro amigo no le importaba el dinero cuando empezó y no le importa ahora. No vemos cómo, al igual que me ocurre a mí con los juegos, nuestro amigo se pasaba su jornada laboral pensando en ese barco, dándole vueltas en su cabeza, esperando con ansia la hora de volver a casa para echarle mano de nuevo. Y, tras todo ese tiempo dedicado, le basta con haberlo acabado y ver nuestra cara al contemplarlo, asombrados preguntándonos cómo coño ha metido la Perla Negra en un botellín de Mahou.

El mes pasado, las descargas gratuitas de los juegos de Join2 Games sobrepasaron tímidamente las 100.000, cuando las descargas de pago (de 1€) aún no han llegado a las 200. Son cifras muy bajas para un año entero de trabajo en el que apenas hemos recuperado nuestra mínima inversión inicial de 350€, mientras Call of Duty bate records vendiendo decenas de millones en un par de días, a 40 o 50 euros la unidad (y eso que estamos en Crysis).

Sin embargo, siendo un poco más optimista, lo cierto es que 200 personas es un montón de gente. Sólo hay que intentar imaginarse las caras de esos individuos uno a uno y visualizar a cada una de estas personas descargándose el juego en su móvil, jugándolo por primera vez. Es una pasada, cuesta imaginar a 200, mucho más cuesta 100.000. Vivimos  en un mundo acojonante, donde cualquier desarrapado puede lograr que su creación alcance miles de personas. Sólo esa idea ya me pone los pelos de punta y me da alas para seguir haciendo lo que hago. Cuando veo una valoración sobre cualquiera de nuestros juegos que reza "¡Es el mejor juego que he jugado!" lo primero que pienso es que el esfuerzo merece la pena (siendo franco, lo primero que pienso es "Tío, tienes que jugar a otros juegos").

Conclusión: Seamos más optimistas. El dinero no importa, sólo las personas. Y que conste que no se trata de una premisa altruista ideológicamente utópica, es puro egoísmo, porque la verdad es que la sensación de que algo que has hecho tú con tus propias manos (y/o con las manos de otros) es significativo para tanta gente es incomparable. Puede que no consiga nunca vivir de mis creaciones, pero comprendiendo esta idea, al menos puedo ser un poco más feliz.

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