martes, 3 de agosto de 2010

El desastre

Son casi las 8:30 de la mañana cuando contemplo cómo un avión de esos grandes, con logotipos de Iberia, se precipita sin ningún control sobre un recién levantado Madrid. Desde mi ventana me separa una gran distancia, pero lo distingo con claridad. La explosión subsecuente del impacto contra el suelo parece hacer retumbar todo mi piso, y enseguida se eleva sobre la ciudad una enorme columna de humo blanco.

Por un momento, miro hacia mi móvil pensando si llamar a emergencias, pero me doy cuenta de que es inútil, toda la ciudad lo ha visto, y enseguida los informativos se hacen eco del desastre: El avión en el que viajaban todas esas estrellas de Hollywood acaba de estrellarse. Ya no habrá más Stallone ni Bruce Willis, será un día de luto para el mundo entero.

La curiosidad me invade, y salto por la ventana para acercarme al cordón policial que se ha desplegado justo delante de mí. La guapa agente de policía que se encuentra dirigiendo como puede el caos a las afueras del aeropuerto, me dice con la mirada que no puede ayudarme, y con sus gestos que no me acerque. Sin embargo, desde donde estoy, diviso perfectamente el lugar del accidente. Las sobrecogedoras imágenes de la terminal destrozada pasan por delante de mis ojos, cuando una terrible sensación me asalta: Mis padres podrían estar allí.

Tras intentarlo varias veces, consigo por casualidad que la llamada desde mi móvil no se pierda en el colapso, y contacto con mi madre. Por un momento su voz me reconforta, pero enseguida la noto sesgada por el caos y el dolor: mi padre no lo ha conseguido. Quiero llorar, pero una parte de mí se niega a creer que esto esté pasando. Oigo ruidos a través del móvil, cómo si estuvieran cortando metal. Son las 8:30 de la mañana cuando el ruido de las obras en uno de los edificios adyacentes me despierta, tras un extraño sueño.

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